Humor

Gran Musulmano

Emulando con humor al reality Gran Hermano pero “a la islámica”, este texto está basado en el Gran Musulmano de la novela Unos baklava por amor de la misma autora.

En la mezquita de Gran Musulmano el programa seguía su curso. Ya eran pocos los y las concursantes que quedaban y los nervios estaban a flor de piel, pues todos ansiaban una plaza en la gran final.
La audiencia del programa iba en aumento. El share alcanzaba cotas altísimas sobre todo tras el ‘isha, cuando los telespectadores enchufaban el aparato y se quedaban atónitos ante el espectáculo que daban los habitantes de la mezquita de Gran Musulmano y ante la maestría con la que la presentadora, M. Mulá, conducía el reality halal al que estaba enganchada la umma entera.
Eran pocos los concursantes que quedaban en la mezquita, pero todos deseaban llevarse el suculento premio que otorgaba el programa al ganador o ganadora, así que las estrategias y artimañas para ganarse a la audiencia islámica eran el cuscús nuestro de cada día.
El concursante chií, Hussein al-Kanary, no paraba de lanzar indirectas a la audiencia persa alabando constantemente a personajes como Avicena, Omar Jayam o Shams Tabrizi.
El salafi, Abdul Salami bin Mustaza, hacía dua’ por la familia Saud en voz muy alta.
La niqabi, Múniqab Love My Niqab, hacía guiños a la audiencia femenina desde la ranurita que dejaba ver sus ojos.
Por su parte, el derviche Faqir Darwish daba vueltas, no por la mezquita, sino sobre sí mismo, como buen giróvago, ajeno a lo que pasaba en el programa.
La feminista islámica, Hawa Harira, apelaba a la importancia de que una mujer ganara un programa de tal calibre e instaba a seguir los ejemplos de grandes mujeres en la historia del islam.
Finalmente, el cristiano copto, Joseph Konstantinopolus, se dedicaba a captar adeptos entre los católicos dedicando padrenuestros y avemarías al Papa.
Los concursantes se preparaban para una apasionada noche de nominaciones. El ‘ain (el “súper” de la versión occidental, es decir, la voz en off que vigila y da instrucciones a los concursantes) dio órdenes a estos para que se sentaran en la alfombra porque la presentadora del programa iba a contactar con ellas y ellos.
M. Mulá apareció de repente en la pantalla que había colocada en el mihrab.
–Salam, concursantes.
–Salam, M. Mulá –contestaron todos excepto el salafi.
–Astagfirullah, una mujer dirigiendo un programa…–susurró Abdul Salami.
–Como sabéis, esta noche tenéis que nominar a dos de vuestros compañeros o compañeras –prosiguió la presentadora–. La audiencia decidirá quién de los tres nominados deberá abandonar la mezquita.
–SubhanAllah –exclamó el derviche.
–Labaika ya Hussein –suplicó el chií.
–MashaAllah –dijo la niqabi.
La presentadora prosiguió:
–Esta misma noche uno de vosotros, desgraciadamente, tendrá que abandonar el programa.
–¡Alhamdulillah! –exclamó Faqir Darwish extendiendo sus brazos al cielo.
–Disfrutad y aprovechad porque estos momentos pueden ser los últimos para uno de vosotros. ¡Que Allah reparta suerte! –la presentadora despareció de la pantalla.
–Amin –contestaron todos, excepto el copto, que soltó un “Amén” y se santiguó.
El ‘ain dio instrucciones a los concursantes para que prepararan la comida y comieran todos juntos, pues esta iba a ser la última comida en “familia” para uno de ellos.
–Múniqab, como buena mujer piadosa que eres, prepáranos un tajin de cordero –le soltó Abdul Salami a la niqabi.
–¡No hablo con hombres, astagfirullah! –le respondió esta cabreada.
–Pues entonces hazlo tú, innovadora –le dijo Abdel Salafi a Hawa Harira.
–Que te lo crees tú, barbudo. No soy tu felpudo –le espetó la feminista.
–¡Mujeres! No me extraña que Yahannam esté lleno de ellas –el salafi empezaba a cabrearse–. ¡Cristiano! ¡A la cocina!
Joseph agarró la cruz que colgaba de su cuello y respondió:
–No cocino para sarracenos.
–No hablaba contigo, copto. Me refería al otro cristiano, al que se autoflagela en Ashura, astagfirullah.
Pero el chií no escuchó lo que le decía Abdul Salami, pues estaba absorto invocando a Ali.
El derviche, que ayunaba cada día, cogió su ney y se puso a tocar una dulce melodía. El chií aprovechó la ocasión y, al son de la flauta de caña, empezó a recitar poemas de Hafiz de Shiraz ante la cámara, en un claro gesto de ganarse al público persa.
Ante la negativa de los habitantes de la mezquita para cocinar, el salafi se vio en la obligación de hacerlo él mismo mientras escuchaba la música del ney y exclamaba cabreado “’Haram, haram!”.
La comida transcurrió en calma, aunque el lugar en el que debía sentarse cada uno fue motivo de disputa. Abdul Salami no quería a ninguno de ellos a su lado: a unas por mujeres, a otros por herejes y al resto por “cristianos”. Múniqab solo aceptaba sentarse al lado de Hawa y esta, a su vez, se negaba a sentarse al lado del “barbudo”. Hussein tampoco quería sentarse al lado de Abdul Salami, por lo que acabó sentado entre Faqir (que no comía pero acompañaba) y Joseph. Este último, sin embargo, no aceptaba sentarse ni con la niqabi ni con el salafi. Al derviche, por su parte, no le importaba el sitio, así que se sentaba donde le indicaba el resto.
Tras la comida, los concursantes se dispusieron a prepararse las maletas con sus pertenencias (excepto el derviche, que no tenía), pues esa misma noche uno de ellos abandonaría la mezquita.
Hawa recitaba el Corán mientras guardaba sus babuchas y hiyabs en la maleta.
–¡MashaAllah, ukhti habiba! ¡Qué bella recitación! –le dijo Múniqab, que doblaba cuidadosamente sus niqabs.
–¡Astagfirullah! ¡Las mujeres tienen prohibido recitar!
Pero Hawa ignoró las palabras de Abdul Salami y continuó recitando. Faqir giraba extasiado mientras escuchaba a su compañera y Hussein guardaba en su maleta el libro Al-qanun fil tib de Avicena, no sin antes enseñarlo a las cámaras.
–Múniqab, ¿me pasas mi Rubayat del gran poeta persa Om…?
–¡No hablo con hombres! –le respondió al chiita antes de que este terminara su frase.
–¡Están locos estos musulmanes! –suspiró Joseph mientras guardaba su imagen de la Virgen con el Niño en la maleta.
Y llegó el momento de las nominaciones. El ‘ain llamó a Múniqab al confesonario y le dijo que nominara. Se había vestido con un niqab violeta para la ocasión.
–Nomino a todos los hombres de la mezquita.
–Múniqab, no los puedes nominar a todos, solo a dos de ellos.
–Pues nomino a Abdul Salami con dos puntos, porque estoy harta de que me pida ser su cuarta esposa, y con un punto nomino a Joseph, porque no para de lanzar miradas lascivas a mis tobillos. ¡Astagfirullah!
Tras la niqabi, fue el turno de Abdul Salami, que se había puesto su chilaba blanca recién lavada y su turbante saudí, como de costumbre.
–Nomino con dos puntos al cristiano.
–Muy bien, dos puntos para Joseph –dijo el ‘ain.
–No, a ese no, al otro, al que reza únicamente tres veces al día.
–… Dos puntos para Hussein, entonces.
–Sí, y con un punto nomino a la innovadora que hoy se ha empeñado en dirigir el rezo, astagfirullah.
–Un punto para Hawa, vale. Gracias Abdul Salami.
Hussein entró al confesonario. Llevaba colgada una foto de Jomeini.
–Nomino con dos puntos a Abu Bakr as-Siddiq.
–Esto…Hussein, los califas rectamente guiados no participan en el concurso –el ‘ain observaba todo nervioso…
–Bueno, pues nomino con dos puntos a Abdul Salami, aunque el petrodólar siempre lo salva –la audiencia saudí lo abucheó– y con un punto nomino a Joseph, porque es cristiano y yo soy muy culé.
La siguiente en nominar fue Hawa. Se había vestido de gala. Pasó por delante de sus compañeros varones con la cabeza bien alta.
–¡MashaAllah! –exclamó el chií.
–¡Astagfirullah! –gruñó el salafi.
–¡InshaAllah! –suspiró el derviche.
–¡Están locos estos musulmanes! –sentenció el cristiano.
Hawa entró al confesonario y desplegó una pancarta que rezaba Boicot IsraHell. Se dispuso a nominar:
–Con dos puntos nomino a Abdul Salami porque ayer quemó mi carné de conducir –los saudíes aplaudieron ese gesto pirómano del salafi–. Con un punto nomino a Hussein. No me cae mal el chico, aunque es un poco pesado con el tema persa, pero no pienso nominar a la otra mujer que queda en la mezquita, ni al cristiano, que está en minoría, ni a Faqir, que es un amor y me recuerda a la gran Rabiya al-‘Adawiyya.
El siguiente en nominar era el derviche, que se dirigió al confesonario dando vueltas y haciendo volar su largo faldón blanco, pero no nominó… Alegó que nominar no servía de nada, pues todo dependía de Allah.
Joseph, que se había puesto una sotana, nominó con dos puntos a Abdul Salami:
–Lo nomino con dos puntos porque cada vez que grita “¡Allahu akbar!” me hace temblar de miedo. Con un punto nomino a quien quiera que haya tras la tela negra. Ese tipo de vestimentas deberían estar prohibidas porque solo denigran y…
–Muchas gracias, Joseph –le interrumpió el ‘ain–. Puedes volver con tus correligionarios, esto…con tus compañeros, quiero decir –el ‘ain sudaba.
La gran M. Mulá apareció de nuevo en la pantalla.
–¡Salamu aleikum! –les dijo.
–¡Wa aleikum salam! –respondieron todos, aunque el salafi lo hizo a regañadientes–. Los nominados son: Abdul Salami bin Mustaza, Hussein al-Kanary y Joseph Konstantinopolus.
Los tres nominados permanecieron callados. Las dos mujeres se abrazaron de alegría.
–Gracias, ukhti habiba, nuestra estrategia ha funcionado, ¡mashaAllah! –le dijo Múniqab a Hawa.
–¡Las femimoras unidas jamás serán vencidas! –le respondió Hawa.
Faqir cogió su tasbih y empezó a pasar cuentas al grito de “¡SubhanAllah!”.
M. Mulá habló de nuevo:
–Tras la publicidad sabremos el nombre del expulsado por la audiencia. ¡Suerte a los tres!
Abdul Salami se retiró furioso. Estaba muy cabreado. ¡Otra vez nominado! Y esta vez junto a …¡dos cristianos! Pero él confiaba en sus seguidores wahabis, que volverían a salvarle como había ocurrido a lo largo de todo el programa.
Hussein se había puesto frente a una de las cámaras y se había puesto a leer el hadiz al-kisa.
Joseph se había arrodillado y rezaba con la esperanza de que el escaso público cristiano se estuviera gastando el saldo del móvil para salvarlo de la expulsión.
El tiempo se hizo larguísimo para los tres nominados, pero finalmente volvió la presentadora con el veredicto en diferido.
–¡LA AUDIENCIA… HA DECIDIDO… QUE DEBE… ABANDONAR LA MEZQUITA… –M. Mulá hizo una pausa interminable. Persas, saudíes y cristianos se tiraban de los pelos (o de las barbas) –¡JOSEPH KONSTANTINOPOLUS!
–¡ALLAHU AKBAR! –gritó Abdul Salami y seguidamente extendió su alfombra e hizo un par de rakats.
Joseph se sobresaltó.
–¡Están locos estos musulmanes!
Hussein enarboló una bandera de Irán mientras cantaba anashid a la familia del Profeta.
Todos se despidieron del copto, excepto el salafi y Múniqab Love My Niqab.
Faqir Darwish le tocó con el ney el Ave María de Schubert, como despedida, gesto que emocionó a Joseph. En el derviche que ni comía ni bebía y que solo daba vueltas había encontrado a un amigo, a un hermano.
Tras la despedida, Joseph abandonó la mezquita para siempre, aliviado.
–¡Por fin! ¡Qué ganas de salir de esta mezquita y de ir a la iglesia y sentarme en un banco como Dios manda! ¡Esto lo voy a celebrar con una buena botella de vino! Brindaré por que seas el próximo en salir, barbudo, ¡jajaja!
Ahora en la mezquita de Gran Musulmano solo quedaban cinco. La final estaba cada vez más cerca y los concursantes estaban más nerviosos que un cordero en Eid al-Adha. Tenían una semana por delante para seguir con sus estrategias. ¿Quién sería el próximo en abandonar la mezquita? ¿Quién ganaría?
Solo Allah sabe.

Continuará…inshaAllah.

 

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